Un mundo individualista

Nuestra sociedad, como Narciso, el bello y vanidoso joven griego enamorado de su propia imagen, sufre una imparable epidemia de autocomplacencia, en la que la gente se mira cada vez más al ombligo, llevados por un consumismo rampante, por la autopromoción en las redes sociales, la búsqueda de fama a cualquier precio, el culto al cuerpo, o el deseo de ser “especial”. Todos síntomas del creciente narcisismo que engulle a las sociedades ricas y desarrolladas, que encuentran en los modernos medios de comunicación y en las redes sociales, potentes cajas de resonancia de la cultura del ¡mírame!

Según el “The Narcissism Epidemic: Living in the Age of Entitlement”, escrito por los psicólogos Jean Twenge y Keith Campbell, desde los 80, el “comportamiento narcisista aumenta en nuestra sociedad al mismo ritmo que lo hace la obesidad”. Naturalmente no afecta a todos, ni a todos por igual, aunque su incidencia es mayor en la clase política (pensemos en el presidente Sánchez) y en la llamada “élite” del periodismo.

Narcisismo y autoestima son conceptos distintos. Hay que distinguir entre una sana “estima del yo”, que no es narcisismo, y una anómala “inflación del yo”. En el pasado, la autoestima no se perseguía, era fruto del esfuerzo y del consiguiente éxito. No es que las personas con mayor autoestima tuviesen más éxito, sino que este es el que elevaba la autoestima. Por ello, la autodisciplina, la cordura, la contención de la gratificación, el esfuerzo, la paciencia, la tenacidad eran cualidades que definían, entre otros, el valor de una persona.

La cultura de la autoestima gratis y sin esfuerzo contribuyen a la propagación del narcisismo, con la aparición del “dogma de la autenticidad”, lo importante no es que el individuo sea trabajador o esforzado, sino que sea auténtico. “Sé tú mismo”, es el lema. Así, ya no se mide a las personas por sus actos, sino “por lo que son”, lo que hace que muchos busquen más que ser respetados, ser envidiados. El orgullo se sustituye por la vanidad.

Los comportamientos narcisistas individuales, tan antiguos como el hombre, están dando paso ahora a la creciente cultura del narcisismo, asociada al cambio cultural generado por el posmodernismo y sus consecuencias: incremento del individualismo, vaciado de ideales, creencias y convicciones y relajamiento de los vínculos sociales y familiares. El individuo moldea la cultura según su propia imagen, pero parece que también esta moldea al individuo.

En este punto irrumpen las redes sociales alimentando en buena medida el narcisismo de los más jóvenes y los no tan jóvenes, que buscan transformar lo mundano en extraordinario, favoreciendo la exposición pública. Cada día se suben a Instagram 80 millones de fotos, con más de 3.500 millones de likes: “Yo, comiendo”, “Yo, con mi mejor amiga”, “Yo, en un local de moda”…

Superar esta situación requiere combatir con firmeza la corrección política (fuente inagotable de narcisismo), que induce a ciertas personas a creer que son especiales, sin mérito alguno, tan sólo por pertenecer a un colectivo determinado. Es fundamental desmitificar los pseudovalores de la cultura narcisista promoviendo la responsabilidad individual y el esfuerzo, siendo conscientes de que la autoestima no se busca, se encuentra con la práctica de las virtudes y el trabajo bien hecho. De ese modo será posible preferir la “vida buena”, a la “buena vida”.

Dictadura de las emociones

Llevaba tiempo buscando un término para definir lo que está pasando en el mundo, lo que pasó en Cataluña, donde se demostró que los sentimientos pesan más que la razón: mentiras (“España nos roba”) transformadas en indignación contra una democracia acusada de estar contaminada de franquismo por no permitir su independencia. La palabra es “Emocracia” y supone que las emociones mandan más que las mayorías y los sentimientos cuentan más que la razón. Lo acuñó Bertrand Russel en 1933 para referirse a la situación que se vivía en la Alemania de Hitler y que desembocó en la Segunda Guerra mundial.

Vivimos momentos de desasosiego viendo a la Democracia diluirse en favor del seductor atractivo del poder de las emociones. Esta tendencia está cada vez más presente en los enloquecidos medios de comunicación, en los desnortados partidos políticos, en las seductoras redes sociales o en las manipuladas aulas universitarias.

Los valores del humanismo y la ilustración han dejado de marcar el devenir de la sociedad. La razón y el sentido común se sustituyen por pasiones donde el discurso del odio gana adeptos, la convivencia se distorsiona y la cohesión social y la democracia representativa se debilitan.

La cultura en Occidente ha llevado la empatía a niveles insanos, al pasar de ser instrumento para intentar entender al otro, o conectar con su sufrimiento a convertirse en la vía de legalización de cualquier queja, reclamo o padecimiento. Esto crea una sociedad del victimismo, en la que los que reclaman ser oprimidos, marginados o discriminados de alguna forma, aunque sea sutil e incluso ficticiamente, obtienen un estatus superior al resto, son inmediatamente reconocidos, admirados, dotados de una moralidad superior y gozan de privilegios.

La Emocracia se ha instalado como práctica política, se abre paso y trata de monopolizar el discurso, lo que supone que los actuales debates sobre nacionalismo, identidad, igualdad o género, conducen inevitablemente al choque irracional y cainita que dificulta la convivencia y enfrenta al hombre contra la mujer, al negro contra el blanco, al homosexual contra el heterosexual… Y así, suma y sigue, fragmentado más y más a la sociedad.

Esto provoca una pasión ideológica que, alimentada por la propaganda y la publicidad y enajenada de certidumbres absolutas que desafía cualquier sensatez, hechiza y fascina, seduce y ordena obedecer al mandatario supremo. “Ganarse el corazón del pueblo”, proclamaba Josef Goebbels, el ministro de Instrucción Popular y Propaganda del Gobierno Nazi. ¡Ganarse la pasión, la emoción!

La dictadura de las emociones se apoya en el monopolio de los medios de comunicación para garantizar su triunfo e imponer una moral unitaria, centralizada, homogénea, que convierta en delito toda contradicción, todo disentimiento, que trae como consecuencia predecibles, caza de brujas y odio.  

A pesar de todo muchedumbres vehementes se inclinan ante ella sin que parezca importarles sus consecuencias políticas: Parálisis Ideológica, pues ya existe quien piensa por todos; Parálisis Política, pues sólo hay que seguir al líder y Parálisis de Opinión, sólo importa el criterio de la “inteligencia superior”. Obediencia y silencio, ignorancia y colaboración. ¡Vaya esperanza!

Ya llegó el Año Santo

El jubileo compostelano se celebra cuando la fiesta de Santiago Apóstol coincide en domingo, lo que sucede en un ciclo irregular con períodos de seis, cinco, seis y once años. Este 2021 es Año Santo, se inauguró con contenida pompa y circunstancia y disfruta de las mismas prerrogativas que el Año Santo Romano: cumpliendo los requisitos fijados por la Iglesia, se obtiene la remisión de los pecados y se gana indulgencia plenaria. ¡Cosas de creyentes que dirían algunos!

Los peregrinos al grito de “Ultreia et suseia”, deambulan ya por el trazado de las estrellas, caminan sobre una tierra llena de resonancias, recuerdos, historias y esperanzas de miles de años, buscan algo que los lleve más allá del final del camino y les resulta difícil trazar una línea clara y precisa de demarcación entre lo interior y lo exterior. El verdadero Camino se hace buscando algo (para distraerse o hacer deporte hay otras maneras) y da para todo, especialmente para meditar, hacer planes, interiorizar experiencias…

“Europa se hizo peregrinando a Compostela” (Goethe) y a lo largo de más de un milenio se creó la primera red de comunicación, de religión, economía, ideas, cultura, arte y pensamiento. Un referente de lo que tenía que ser la construcción del espacio común europeo: múltiples sendas, fronteras, lenguas y culturas en el contexto de un solo camino.

En época contemporánea, la Xunta entendiendo que lo que es bueno para la capital puede serlo también para toda Galicia inventó el Xacobeo, y si el Camino es cultura, religión, turismo, eventos, economía, historia e imaginación, el Xacobeo se ha convertido en su apoteosis. Así, se ha hecho un esfuerzo notable por reparar las rutas, dotarlas de infraestructuras, coordinarse con otras autonomías y con el Estado e implicar a las poblaciones del itinerario donde se programan ambiciosas actividades lúdicas y culturales. Todo esto ha facilitado sin duda el incremento de la peregrinación y de visitantes, pero tampoco esto está exento de riesgos sobre todo para Santiago de Compostela, ya que la llegada masiva de visitantes puede diluir su identidad y convertirla en un parque temático lleno de hoteles con encanto y tiendas de recuerdos.

El Año Santo será para muchos tiempo de conversión y como afirmaba D. Julián Barrio, Arzobispo de Santiago, “para testimoniar al mundo actual la fe, la esperanza y el amor al Señor”. Para Galicia será también ocasión para empujar su PIB, y dedicar el incremento para acometer el milagro de la resurrección de la crisis, pero también para incentivar la necesaria transformación de la economía, apoyando y dinamizando los sectores productivos vinculados a la investigación, el desarrollo y la innovación.

Sin duda se plantean otras oportunidades como divulgar la riqueza de valores del Camino e impulsar su papel como factor regenerador del territorio, preservando su belleza como bien natural, cultural y patrimonial mediante una nueva concepción cuidadora y no depredadora del paisaje. Así como invitar al diálogo en torno a este Gran Itinerario Cultural Europeo y promover el patrimonio cultural jacobeo como fuente de inspiración para la creación artística.

“Después de un año como 2020 todos necesitamos un Año Santo”, pero esperemos que ojalá sea un tiempo que nos despierte (también a las instituciones) la capacidad para ver lo esencial en medio de lo prescindible.

Año de la Familia

En la fiesta de la Sagrada Familia el Papa Francisco ha convocado un Año especial dedicado a la familia, que comenzará con el quinto aniversario de la publicación de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, el próximo 19 de marzo y concluirá con el Encuentro Mundial de las Familias programado en Roma para junio de 2022. Esta convocatoria completa la formulada en diciembre para celebrar también otro Año especial dedicado a San José, Patrono de la Iglesia Universal.

Estas efemérides nos invitan a dirigir nuestros ojos a la Sagrada Familia, formada por José, María y Jesús, ideal del amor conyugal y familiar. Frente a lo que pudiéramos imaginar, nos encontramos con una familia pobre y llena de adversidades. María tuvo que dar a luz en un establo, y al poco tiempo toda la familia se vio obligada a huir a Egipto, experimentando el rechazo, la incomprensión y la soledad.

La vida de esta familia excepcional y a su vez normal y corriente, es un canto a la sencillez, compuesta de muchos días llenos de trabajo, preocupaciones, alegrías y penas compartidas, paciencia, diálogo y respeto mutuo. Días en que no se celebraba nada especial, simplemente se vivía. Pero precisamente ahí en ese día a día es donde se fraguó la santidad que hoy se nos ofrece como ejemplo permanente.

El Papa nos indica que, siguiendo su ejemplo, “estamos llamados a redescubrir el valor educativo del núcleo familiar, que debe fundamentarse en el amor que siempre regenera las relaciones abriendo horizontes de esperanza”.

La familia es lo más importante en la vida de una persona e indispensable para el logro del bien de todos sus miembros. En esta es muy importante que haya confianza, sinceridad, respeto, diálogo y lo más importante, amor. El amor que precisamente es lo que constituye el centro y motivo principal de la existencia de la Familia de Belén. El amor de Dios cultivado en el corazón y el vientre de una mujer que dijo “sí” a Dios, aunque no comprendiese del todo. El amor de Dios que anidó en José, un hombre sencillo que sabe estar siempre en segundo plano. 

Hoy por hoy la institución familiar se ha erigido en la antítesis perfecta. Por un lado, es la institución social mejor valorada, pero por otro, en estos tiempos modernos, ha sufrido como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones de la sociedad y de la cultura. Es zarandeada en sus cimientos básicos por arduos chantajes que buscan acabar con sus vínculos más sagrados, quebrando lo más elemental del bien común.

Este año son muchas las familias que están sufriendo a causa del COVID 19. Muchas han perdido a seres queridos en circunstancias dramáticas, han sufrido la enfermedad y la soledad que conlleva, o están atravesando circunstancias económicas y sociales muy difíciles y complicadas, y en este sufrimiento tampoco es ajena la Sagrada Familia, baste imaginar a la Virgen María, rota de dolor, acompañando a su hijo al Monte Gólgota.

Por todo esto, más que nunca en estos tiempos, es acertado que la Iglesia nos hable de la necesidad de acoger, vivir y proclamar la verdad y la belleza de la unión familiar, nos proponga a la Familia de Belén como modelo y nos ponga bajo su amorosísima protección.   

¡Vivir la Navidad!

Me gusta la Navidad, es un tiempo de reencuentro y celebraciones, que a menudo me ha tocado reivindicar, frente a los partidarios de la huida a otros lugares donde no se celebra o el tiempo anima a otras cosas, o a los que prefieren aislarse en sus casas hasta que se apaga el eco de los villancicos. Lo que no imaginaba es que precisamente en este año cargado de incertidumbres, surgiesen tantos nuevos partidarios de su celebración. ¡Cómo no voy a cenar con toda la familia!, gritaba uno, justo el que siempre ha despotricado de madres, suegras y cuñados. O ¡cómo no voy a cenar con los amigos!, también el mismo que hace nada abominaba de las cenas en las que tenía que hablar con gente que no le importaba. O ¡cómo no se va a celebrar la comida de empresa!, esos que tanto la criticaban por aburrida o por tener que pasar más tiempo con el jefe.

¡Hay que salvar la navidad!, afirman muchos, y yo me pregunto de qué navidad se está hablando. Porque parece que detestarla es una inclinación tan vieja como ella misma (ya Herodes se mostró poco partidario). Desde luego no faltan tentaciones para malquererla en una sociedad que conspira contra ella. Se la vacía de sentido al convertirla en mero tiempo de compras, de consumismo sin límite plegado a los reclamos publicitarios, donde se adorna lo externo y se olvida conscientemente lo interno. Comprar se convierte en una obligación, si no consumes no perteneces a la sociedad actual, eres un carca, un pobrecillo, un paria. Se prima la apariencia sobre la realidad, y la ilusión se hace depender del número de luces que se ponen en las calles o en las casas.

A los cristianos nos duele el ambiente materialista y pagano que se está imponiendo, en el que se eliminan las representaciones piadosas de tarjetas y adornos, se excluye el Belén de los espacios públicos (y los que se colocan a menudo tienen poco parecido con la realidad), o se presenta como alternativa más democrática, la celebración de la fiesta del solsticio de invierno (¡como si la llegada del frío y la oscuridad fuesen motivo de celebración!). Puede que nos hayamos olvidado que lo nuclear de esta fiesta grande y hermosa es que la Encarnación del Hijo Unigénito de Dios supone el corolario del bien y un motivo para la esperanza en un mundo de tinieblas. Como diría Eugenio d’Ors, celebramos que hay anunciación y no sólo apocalipsis.

Hace unos días, la Presidenta de la Comunidad de Madrid, sorprendía a todos al convertirse en uno de los pocos políticos españoles capaz de mencionar sin complejos y con naturalidad el nombre de Cristo. Lo hizo con ocasión de la presentación del belén navideño de la Comunidad en la Puerta del Sol, pronunciando un breve pero valiente discurso. Dejando a un lado las habituales alusiones cursis sobre la fraternidad navideña, afirmaba que lo más profundo del mensaje de la Navidad es que celebramos el Nacimiento de Cristo, y con ello el origen de nuestra civilización y la grandeza de nuestro linaje, lo que supone que cada persona es sagrada y su vida tiene valor infinito por ser hijo de Dios.

¡No se puede decir mejor!, por lo que sólo me resta desear a todos, Felices Pascuas y una Navidad gozosa, honda y auténtica. Que verdaderamente sea un tiempo de reflexión y de volver la mirada y el corazón con ternura hacia ese Niño que nos nace en Belén. Celebrarla de este modo es dar razones para vivir, para alentar la esperanza, y para amar a todos, sin egoísmos ni intereses. ¡Lo demás es accesorio!

Que Dios reparta suerte

El 22 de diciembre es uno de esos días en los que me viene a la memoria la película de Harold Ramis “Atrapado en el tiempo”, más conocida como “El día de la marmota”. El año pasado no nos tocó ni la Pedrea y a pesar de prometer a lo Scarlata O´Hara no volver a jugar jamás a la Lotería de Navidad, ya queda menos para romper la promesa. Y así, entre árboles, polvorones y turrones, al son de las zambombas y villancicos, compraremos de nuevo nuestro precioso número de lotería. 

Sabemos que probablemente existan más posibilidades de que nos caiga un meteorito que de que nos toque la lotería (sólo hay 1 entre 100.000), sin embargo, por mucho que se empeñen en intentar convencernos de esto, el 74% de los españoles entre 18 y 75 años tentará su suerte. Y ¿por qué? Por muchos motivos y algunos de ellos, realmente irracionales y poco cartesianos, a ojos de Descartes y su séquito.

En España tenemos más afición que en otros países. Todos los años nos recreamos en televisión con las imágenes de los ganadores de la lotería, celebrándolo con risas y champán (a quien no vemos es a los millones de personas a los que no les toca nada), y esta información sesgada nos hará pensar que ganar es mucho más probable de lo que en realidad es, además siempre todos conocemos a algún ganador, amigo de un amigo de un amigo. 

Compramos lotería por una tradición que va más allá de la posibilidad de ganar, porque nuestros padres lo hicieron o porque es un argumento para reunirse con amigos o con la familia para intercambiar décimos. No importa tanto el objetivo (si toca mejor), sino que la lotería nos haga soñar en grupo. Una tradición social a precio asequible para la mayor parte de los bolsillos, y a esa motivación poco le importan las estadísticas. 

Otro argumento poco racional es la “envidia preventiva”. A veces compramos porque con qué cara de tontos nos quedaríamos si al resto de la empresa, o del grupo de amigos, les tocase el Gordo de Navidad y a nosotros no. Decía Robert Sapolsky, profesor de la Universidad de Stanford, que la supervivencia consistía en correr más rápido que el de al lado, y que por eso, siempre estamos analizando lo que hace el otro. 

Por último, compramos lotería porque necesitamos ilusión. El ser humano necesita oxígeno para fantasear con la posibilidad de mejorar sus posibilidades futuras y así escapar de los problemas que le agobian. Se suele decir en broma que la lotería es un impuesto sobre las personas que no saben matemáticas, sin embargo, la realidad es un poco más oscura. Los estudios indican que cuanto menos ingresos tienen las personas, mayor es el porcentaje de los ingresos que dedican a comprar lotería y a juegos de azar, por lo que en realidad, la lotería sería más bien un impuesto a los pobres. Los marxistas, sacando punta a esto, veían en la ilusión del juego la mano del capitalismo, y percibían la lotería como un instrumento del poder para hacer creer a las clases trabajadoras que podían escapar de la pobreza sin tener que hacer la revolución.

Está claro que desde el principio de los tiempos, la ilusión es un estímulo, y a menudo, perdidos los sueños ya solo nos queda la suerte. El 22 de diciembre, como todos los años, el bombo de la lotería rodará y un premio saldrá y el invierno traerá para algunos la luz de la primavera. A pesar de que siempre puedes elegir gastar ese dinero de otra forma, juegues o no, te deseo que tengas mucha suerte.

¿Qué es Patrimonio?

Hace unos días se conmemoraba el 35 Aniversario de un frío día de invierno de 1985, cuando tres arquitectos Rafael Baltar, Luis Fernández Galiano y Xerardo Estévez (arquitecto/alcalde) defendían la candidatura de Santiago para ser incorporada a la lista de la aristocracia del patrimonio mundial. Este cuenta que tras su exposición se hizo un silencio y sonó un fuerte aplauso dirigido a una ciudad que impresionó al comité. La declaración de la UNESCO de Santiago Ciudad Patrimonio de la Humanidad, sirvió de pretexto para refundar el Real Patronato y crear el Consorcio, instrumentos claves en la reconstrucción o construcción de la ciudad contemporánea y en su “patrimonialización”, que supone según Xerardo Estévez, “colocar el pasado en presente y prepararlo para el futuro”.

La expresión “Patrimonio de la Humanidad” da vértigo y en eso pensaba un día al salir de casa, en ese crepúsculo matutino en el que la ciudad aparece semidormida y tan apagada como mis fuerzas. Ese momento en el que las farolas alumbran las aceras y la niebla filtra las luces de los coches que se mueven a su ritmo, que no es el mío. Cuando el Casco Histórico entra en ebullición y empieza el trajín de gentes que van y vienen, y el semáforo de San Roque, que impide o autoriza mi paso, me muestra el amanecer que ilumina la imponente fachada de Santo Domingo de Bonaval (¡que fotografía si hubiera buen fotógrafo!).

Las panaderías te regalan su aroma a pan caliente, que disfrutas como si fueses un fumador de buenos habanos. Los camareros se afanan en preparar las terrazas, limpian las mesas y expulsan a los gorriones descarados que reclaman su parte del botín. Por la Algalia te cruzas con un noctámbulo que regresa clandestinamente a su guarida, al que miran con sorpresa la pareja de octogenarios que camina con prisa a su lado. Ella presumida se atusa el pelo más blanco que gris, recogido en un moño sobre la nuca, mientras saludan al párroco que pasa rápido porque las campanas ya tocan a misa.

La Plaza de Cervantes es testigo del afán de los repartidores por reponer lo que la fiesta consumió la noche anterior. Mazarelos es lugar de encuentro de señoras que van a la Plaza (¡al que madruga Dios ayuda! como decía siempre mi abuela al despertarme los sábados para hacer lo propio) y los placeros que visitan a clientes para recoger pedidos o cobrar lo servido. Esta es zona también de estudiantes de colegio, donde si uno no tiene prisa puede disfrutar mucho poniéndose al día sobre música y youtubers, conflictos de patio convertidos en tragedias adolescentes y amores furtivos.

Por la Rúa del Villar caminan excitados turistas y peregrinos (los primeros son lo segundo aunque no lo sepan) que miran con ojos de asombro a derecha e izquierda, mientras se acercan a la meta que no les dejará indiferentes. En Fonseca los jardineros se esfuerzan por adecentar un jardín, que miran de soslayo los universitarios, sólo preocupados porque a las nueve toca anatomía o estadística y no se puede llegar tarde. 

Tardo veinte minutos en recorrer las calles, veinte minutos de una maravillosa sinfonía que me conduce a la Catedral, la más impresionante de la cristiandad, la misma que desde niño me seduce y sublima. A sus pies me planto y pregunto ¿Qué es patrimonio? Y una voz me responde con fuerza: todo es patrimonio, las personas, los edificios y hasta el dulce perfume de la rosa mística de piedra que nos rodea, como diría Valle-Inclán.

Peligrosa dependencia del Estado

La dureza de la crisis del COVID, el envejecimiento de la población y la reciente reactivación del empleo público hacen que se haya disparado el número de personas que viven del dinero público hasta una cifra que supone el 44% de la población total del país. La lista incluye: trabajadores del sector público, beneficiarios de prestaciones (pensionistas o parados que cobran desempleo), y ahora, afectados por ERTEs, autónomos que perciben prestación excepcional, o empleados que han finalizado sus contratos y no encuentran trabajo. Esto provoca en la España subvencionada una constante presión para elevar el gasto público.

En 2021 seremos el país de la UE que más empleo público creará y nos encontraremos con la peculiaridad, según la última EPA (Encuesta de Población Activa), de tener 14 millones de personas dependientes del Estado mantenidas por cerca de 13,5 millones de asalariados del sector privado. Esta diferencia se incrementará al sumarle los que esperan recibir la renta mínima vital, lo que dejaría la rúbrica final en el entorno de 21 millones de dependientes, de una u otra manera, de las ayudas y el gasto que desembolsa el Estado.

Esto supone que la parte de la sociedad que obtiene sus ingresos en el mercado a cambio de suministrar bienes y servicios a los demás, tiene un tamaño inferior a la que vive de los impuestos y que devuelve a las arcas públicas, mucho menos de lo que cuesta. Este resultado debería cuestionar nuestro modelo socio-económico y preguntarnos ¿cuál es la dimensión óptima del sector público?

Los trinquetes son mecanismos que solo avanzan en una dirección: hacia delante, nunca hacia atrás. El aumento del tamaño del Estado se asemeja a ese trinquete, que una vez crece, es muy complicado hacerlo retroceder. Hay demasiados grupos de interés (empleados públicos, pensionistas, contratistas, subvencionados, etc.) frontalmente opuestos a que ese intervencionismo estatal se desmantele.

El Estado, no debería controlar más del 10% del PIB del país, ya que si buena parte de sus funciones pueden ser desempeñadas con eficiencia y justicia por el sector privado, su papel debería ser subsidiario de la sociedad civil (y no prioritario, tal y como sucede en aspectos como la educación, la sanidad o la asistencia social). Y aunque ciertamente el gasto público no es la única variable relevante a la hora de enjuiciar el grado de su intromisión en nuestras vidas (las regulaciones no son gasto y son más limitativas de libertades) este, sí constituye una variable fundamental, ya que cuantos más recursos maneje, menos manejarán los ciudadanos.

En España el Estado controla la increíble cifra del 51% del PIB, por lo que pasar a un 10% supone una misión absolutamente imposible ni a medio plazo. Hay modelos de Estados funcionales y apreciablemente más pequeños (en cuanto a volumen de gasto público) que el nuestro, pero tienen estructuras políticas y regulatorias distintas a la nuestra, de modo que tampoco sería posible importar su modelo “ipso facto”.

Resolver la cuestión no parece cosa fácil, ya que hay una enorme resistencia a su reducción desde múltiples frentes. Incluso aun cuando un partido político quisiera hacerlo, los grupos de interés se resistirían como gatos panza arriba para evitar perder sus prebendas. En fin, “todo el mundo quiere vivir a expensas del Estado. Olvidan que el Estado vive a expensas de todo el mundo” (Frederic Bastiat).

Para formar votantes

El Congreso aprobó por la mínima la “Ley Celaá”, que pasará al Senado para su aprobación definitiva, a pesar del no rotundo de la comunidad educativa a la que no se ha consultado. Precisamente si hay un ámbito en España inasequible al consenso, es por desgracia el educativo, que debería ser el que concitase mayor acuerdo, porque el futuro de un país en la economía global del conocimiento, lo determina cada vez más el valor añadido que aporta el nivel formativo de su población.

La Lomloe es una ley infame que rubrica lo que sostenía la ministra de educación de que los hijos no pertenecen a los padres. Se inventa un derecho a la educación pública y restringe la oferta educativa por rancios motivos ideológicos, limitando la libertad fundamental y constitucional de los padres a elegir centro y tipo de educación para sus hijos. Todo ello, no porque el gobierno defienda pretendidas igualdades o luche contra las fantasmagóricas discriminaciones económicas, sino porque es en la familia y en la escuela libre, dónde los planteamientos manipuladores encuentran peor acomodo.

Se destierran las humanidades, los saberes se sustituyen por destrezas, se renuncia al análisis y a la reflexión y se rebaja hasta la desvergüenza la exigencia académica. Así, en un tiempo en el que se hace más necesario que nunca fomentar la excelencia, el Ejecutivo hace lo contrario, al ampliar la brecha social entre alumnos cuyos padres puedan pagar colegios privados de calidad y los condenados a educarse en centros públicos menos exigentes y más condicionados por lo político.

Para redondear el tic sectario, la asignatura de Religión, que se cursa con normalidad en casi todos los países europeos y es la opción mayoritaria de las familias españolas, que la eligen libre y voluntariamente cada año, pierde peso en favor de una de valores éticos, en la que Podemos espera colar sus obsesiones identitarias radicales. Suprimir la religión como materia evaluable, es un error, porque no se trata de apoyar a la Iglesia, sino de adquirir la formación que da el estudio de las raíces religiosas y culturales de la civilización occidental que, guste o no, son cristianas.

Por otra parte, siendo todas las medidas espantosas y perniciosas, la más cruel es la que condena a la desaparición a la educación especial, derivando a sus alumnos desde sus colegios actuales, donde tienen medios y profesores especializados, a colegios ordinarios. ¿Cabe mayor atropello de los derechos de unas personas a las que hay que cuidar y proteger?

Como colofón a todo este esperpento, la norma desampara al castellano que deja de ser vehicular, como concesión a los nacionalistas a cambio de votos para afianzar los presupuestos. Algo así como confiar el gallinero al cuidado del zorro.

El Gobierno debería mentalizarse de una vez por todas, que al colegio y a la universidad se va a enseñar y aprender, no a adoctrinar y ser adoctrinado. La sociedad española es diversa y democrática, por eso, el control político, agrede la libertad de conciencia en favor de la imposición de una ideología que limita la pluralidad educativa, la libertad de elección de centro y la formación en valores éticos, filosóficos o religiosos que contribuyen al desarrollo integral de la persona. Me temo que de seguir así todos pagaremos un alto precio, en la forma de una sociedad sin principios, valores, espíritu de sacrificio, esfuerzo, aspiraciones, ni prosperidad.

Toca no olvidar

Por suerte, ETA, las siglas que enlutaron España durante más de medio siglo no forman parte ya de la vida cotidiana. Su historia y la de sus víctimas es uno de los asuntos más amargos, dolorosos y desgarradores de nuestra historia. A pesar de lo cual, tiene razón mi hija Micaela, cuando dice con asombro que los niños no saben lo que fue. Ella si lo sabe, porque ha escuchado testimonios de personas que sufrieron el acoso de la banda terrorista y de otros que perdieron familiares, compañeros o amigos. Un estudio reciente refleja ese desconocimiento, concluyendo que más de la mitad de los españoles creen que sigue activa años después del cese de su actividad armada, y seis de cada diez jóvenes no saben quién fue Miguel Ángel Blanco, cuyo secuestro y asesinato en 1997 supuso un punto de inflexión en el devenir etarra.

Es cierto que se derrotó su arrogancia militar, lo que no fue poco ni fácil, pero su objetivo político de aniquilamiento cívico de los que se oponían al separatismo, en parte les fue concedido como premio a su renuncia forzosa a las armas. Difícilmente alguno de los periodistas que sufrieron sus ataques, podrían ser hoy presentadores de informativos en ETB, donde si proliferan los que la justificaban. La Universidad del País Vasco niega el título de “emérito”, a figuras tan valiosas y valientes como Aurelio Arteta o Francisco Llera (fundador del Departamento de Políticas y director del Euskobarómetro desde 1995). En el caso de este es significativa la votación que le negó el reconocimiento: 1 voto a favor, 2 en contra y 12 abstenciones. Es el tanteo oficial del marcador de la decencia en Euskadi, antes y ahora.

Coincido con Freud en que la mejor manera de olvidar es recordando, para evitar repetir el pasado, y sobre todo para contrarrestar la voladura calculada de la memoria, que hoy persigue el Presidente Sánchez, que por ejemplo se permite entenderse de tú a tú con lo que queda de ETA ante cierta indiferencia. Así, se hace imprescindible la lectura de títulos como “1980 El terrorismo contra la Transición” (Editorial Tecnos), una obra que documenta hasta qué punto la violencia terrorista estuvo cerca de hacer naufragar la España constitucional.

Este riguroso trabajo de investigación promovido por el Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo y coordinado por el historiador Gaizka Fernández Soldevilla y la profesora María Jiménez, recoge en sus más de 500 páginas, aportaciones de historiadores, periodistas, profesores universitarios y profesionales diversos, que repasan la actividad terrorista, las reacciones políticas, o el tratamiento de la prensa del momento, además de incluir testimonios de víctimas que sufrieron la violencia de esos años. Concretamente, tras el bisiesto año 1980, el terrorismo dejó un rastro de dolor difícil de asimilar: 132 asesinados (1 cada 2,7 días), 395 acciones terroristas, 20 secuestros. En definitiva una situación insostenible que sumió a la sociedad en una oscuridad de la que no se saldría hasta 40 años más tarde.

Se trata de un libro indispensable que recoge aportaciones verdaderamente cualitativas y reflexiones expertas, sobre la necesidad de contar la verdad de la historia y poner de manifiesto, que pese al embate del terrorismo y la amenaza del golpismo (empujado por el primero), la Transición resistió y demostró que nadie puede decidir por nadie, y mucho menos con la coacción y las bombas.